sábado, 28 de julio de 2007
OchentaCentavos.com.ar
No digo más que acabo de llegar y estoy muriéndome de sueño.
Saludos!
viernes, 27 de julio de 2007
El Cazador
No me gusta este cuento para nada, pero tampoco se me ocurre como mejorarlo, así que no le voy a dedicar muchas palabras. El conejito con el panqueque en la cabeza finalmente me convenció de postearlo y a otra cosa. Helo aquí:
El Cazador
Una vez seguro de que estaba bien escondido entre los arbustos, abandonó su posición de caza y se sentó, estirando las piernas y los brazos adormecidos. Hace ya dos horas que, le informaba su reloj de muñeca, reptaba boca abajo a la sombra de los árboles altos e imponentes de la ladera. El suelo humedecido le había empapado las ropas, camufladas con la vegetación circundante, pero había previsto esa posibilidad y llevaba debajo una malla impermeable que lo protegía. Desempañó los protectores oculares que traía, de vidrios polarizados, y vio en el reloj la fecha.
Era el décimo día de cacería, el décimo día desde que había llegado a esta montaña solitaria en este rincón perdido del mundo. Más tiempo del que le había tomado jamás hacerse con ninguna presa, sin duda, pero no tenía prisa: la paciencia era la clave del buen cazador, y él era el mejor. Si bien el inusual método por el que tendría que detectar la presencia de su víctima lo irritaba (no había encontrado ninguna fuente fiable que describiera con exactitud aquel sonido), estaba completamente determinado a triunfar donde tantos otros habían fracasado. Él sería el campeón, único entre cientos, pensó, saboreando por anticipado la gloria. Nadie había logrado jamás conquistar a este especímen en particular, ni siquiera en las más alocadas historias.
Terminó de comer algunos trozos de pan y volvió a su posición anterior. El avance era lento de esta manera, pero sabía que no había otra forma: los ojos de su presa, infinitas veces superiores a los suyos, lo detectarían a cientos de metros si se desplazaba erguido. Por esa razón debía moverse lentamente, al raz del suelo, esperando oir el canto delator.
Con los ojos cerrados y los oídos aguzados a la espera de aquella señal tan peculiar, repasó, quizás por aburrimiento, los pasos a seguir cuando finalmente llegara el ansiado llanto a sus oídos. Esperar hasta tener buen ángulo, y luego rodilla en la tierra, rifle en las manos y un solo disparo directo entre los ojos, con una de las balas especiales que había conseguido para la ocasión. Lo imaginó, pese a que no sabía realmente cómo se veía su víctima, imaginó el disparo y la satisfacción morbosa y familiar de la victoria. Le preocupaba apuntar con los protectores polarizados puestos, pero entendía que no había alternativa, no si quería poder apuntar en absoluto.
Estaba sumido en estas cavilaciones cuando un grito, un canto, un llanto, una melodía indescriptible rasgó el aire y llegó hasta sus oídos, congelando su cuerpo y su mente. En aquel momento, el cruel depredador, el impasible victimario, el cazador de innumerables trofeos, sólo pudo acertar a maravillarse ante la belleza de las notas terribles que mantenían atadas sus manos y sus pensamientos.
Entonces lo vio, aterrizando en un claro a pocos pasos de su escondite. La magnífica criatura azotaba el aire con sus poderosas alas, encendidas de carmesí, cegadoras, espléndidas; trayendo hasta él con cada golpe los versos de horrible hermosura de aquel canto eloquecedor. Dos ojos de color ardiente se clavaron en los suyos, encantadores, aterradores, nobles, acusadores.
Desarmado desde lo más íntimo, incapaz de contener las lagrimas que ya corrían libres por sus mejillas, se levantó y avanzó torpemente hacia la figura majestuosa, hacia la bestia terrible, abandonando toda pretensión de permanecer oculto. Arrastrando la terca correa del rifle, atada a su muñeca, cubrió la distancia que lo separaba del ave, que se erguía por encima de su cabeza, mirándolo con sus ojos inquisidores. Sin poder reprimir el llanto audible que escapaba por su boca, apenas capaz de soportar el calor del fuego, se arrodilló ante la maravillosa monstruosidad de la criatura, ante el rugir de las llamas, ante la mirada penetrante de aquellos ojos carmesí. Se desprendió de su arma sin desviar la vista y, con ambas palmas contra el suelo, intentó desesperadamente murmurar la palabra que se negaba a brotar de sus labios: "perdón".
Y entonces, sin previo aviso, todo había terminado. El derrotado cazador miró en derredor, buscando algún rastro del terrible milagro que había vivido, pero ninguno se le ofreció. Sin levantar su arma, se obligó a ponerse de pie y caminó en silencio, lentamente, vencido. Finalmente, demasiado tarde, comprendía.
Subir el ánimo
miércoles, 25 de julio de 2007
Prólogo
Aquí estoy, sentado frente a la computadora con la difícil tarea de escribir un prologo para mi novela y realmente no se que escribir. No se quien invento el prólogo pero es algo realmente estúpido. Pase dos años y medio escribiendo una novela para que el tarado del editor me aconseje (léase obligue) escribir un prologo. Como no tengo que mas decir y los agradecimientos están en otra parte de el libro, voy a usar el prologo para dirigirme a los lectores que son críticos (no a la gente que critica, sino a los que trabajan de eso). Así que si usted no es un crítico, podría dejar de leer o no, haga lo que le plazca. Bueno, no lo que le plazca, no le estoy recomendando que salga a robar, me corrijo, haga lo que tenga ganas de hacer dentro de los límites establecidos por la sociedad. A continuación una pequeña, mínima si se quiere, recomendación para usted, en el caso de que sea un crítico:
Yo a usted lo mataría. Lo mataría sin siquiera pensarlo dos veces. Tenga cuidado cuando critique mi libro, tenga mucho cuidado. Ya he matado antes, y probablemente seguiré matando. Se quien es usted, se donde vive. No me pruebe. Enserio.
Muchas gracias, disfrute del libro.
lunes, 23 de julio de 2007
Apocalipsis
Bueno, básicamente eso, espero que lo disfruten, a mí personalmente me gusta, a pesar de su escasa longitud y complicada colocación de adjetivos, por así decirlo.
Apocalipsis
Era imposible, no podía seguir. La situación lo acogotaba dejándolo sin aire una y otra vez. Todas sus energías y pensamientos estaban puestos en ella.
Pero no era la intensidad del problema, capaz de tumbar al más fuerte, lo que atormentaba su alma, sino la copiosa intervención de éste en su sentir.
Se sentaba, se acostaba, se volvía a sentar. Oía música sin escuchar, miraba televisión sin ver, pero con la escritura era diferente; escribía sintiendo, llorando y descargando dolores y penas. Escribía poesía, o así llamaba él a esa sucesión de versos de variada duración hilados por una causa común.
“Histeria”, “ambigüedad”, “indecisión”; se había encargado de tachar todas ésas palabras de su diccionario. Su afición por los números lo había llevado a profesar cierto odio por el 23, luego por el resto de los primos y finalmente por el infinito resto de los números.
Pero más que nada odiaba a ella. La odiaba por ambigua, indecisa, histérica. La odiaba por lastimarlo aquél 23. La odiaba por ser la causa de la situación que lo agobiaba y de la cual era imposible salir.
06/06/06
domingo, 22 de julio de 2007
Caramelos
En realidad, le "tocaría" publicar a Ale su momento bizarro del día, pero como no lo está haciendo, aprovecho yo para guardar en el fondo del cajón una huevada que escribí ayer. Ayer a las 7.30 am, a la vuelta de GOA, así que tengan en cuenta eso a la hora de juzgar la calidad xD. Trata una situación prácticamente cotidiana, en estos días de crisis cambiaria (?), pero no les digo más, porque si hablo tres renglones de un texto que tiene quince, lo cuento entero.
Saludos!
- ¿Te puedo dar unos caramelos?
No, no me podés dar unos caramelos. No quiero tus jodidos caramelos, quiero mi vuelto, mis monedas. Siempre me salís con lo mismo, ¿me ves cara de boludo? ¿A todos los que están atrás les vas a dar caramelos, también, o para ellos sí tenés monedas? No, claro, a ellos les vas a dar las monedas que les tengas que dar, al gil que le embocás siempre los caramelos, es a mí. Conmigo te ahorrás todo el cambio necesario para dárselo a los malvivientes que hacen fila acá atrás mío, ya me tenés podrido. Además, no jodas, es tu deber tener moneditas, andá al banco y cambiá, no me vengas a embocar caramelitos cada vez que vengo a tu infeliz local a comprar algo. Ni siquiera me gustan esos putos caramelos que me das siempre, ya no te los aguanto más. ¿Sabés qué podés hacer con todo este lugar de mierda? ¿Sabés qué podés hacer con tus caramelitos?
- Ponelos en la bolsa, no hay problema.
